|
CANONIZACION
El 16 de
Junio de 2002 el Santo Padre Juan Pablo II inscribe entre los Santos al
Beato Padre Pío.
EL
RITO
LA
PETICION
|
El cardinal José
Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación de las Causas de los
Santos, acompañado por el Postulador, llega hasta el Santo Padre y
pide que se proceda con la Canonización del Beato Padre Pío da
Pietralcina.
"Beatísimo Padre", la Santa Madre Iglesia pide que Su Santidad
inscriba al Beato Padre Pío da Pietralcina entre los Santos, y como
tal sea invocado por todos los cristianos. |
 |
LA
FORMULA
|
"En
honor de la Santísima Trinidad, para la exaltación de la fe católica y
el incremento de la vida cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor
Jesucristo, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y de la Nuestra,
tras haber reflexionado largamente, invocada más de una vez la ayuda
divina y escuchado el parecer de muchos de nuestros Hermanos en el
Episcopado, declaramos y definimos a Padre Pío da Pietrelcina y lo
inscribimos entre los Santos y establecemos que en toda la Iglesia se
le honre con devoción entre los Santos.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
|
 |
EL AGRADECIMIENTO
|
El cardinal José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación de las
Causas de los Santos, con el Postulador, da las gracias al Santo
Padre:
Beatísimo Padre, en nombre de la Santa Iglesia doy las gracias a Su
Santidad por la proclamación y Le ruego que quiera disponer que se
redacte la Carta Apostólica acerca de la Canonización que se ha
llevado a cabo.
El Santo Padre responde:
Lo ordenamos. |
 |
Fuente : Revista La Voz de Padre Pío

Oración
y caridad:
síntesis de su testimonio
Homilía de
Juan Pablo II en la canonización del
Padre
Pío
CIUDAD DEL VATICANO, 16 junio 2002
1. «Mi yugo es suave
y mi carga ligera» (Mateo 11, 30).
Las palabras de Jesús a los discípulos, que acabamos de escuchar, nos ayudan
a comprender el mensaje más importante de esta celebración. Podemos, de
hecho, considerarlas en un cierto sentido como una magnífica síntesis de
toda la existencia del padre Pío de Pietrelcina, hoy proclamado santo.
La imagen evangélica del «yugo» evoca las muchas pruebas que el humilde
capuchino de San Giovanni Rotondo tuvo que afrontar. Hoy contemplamos en él
cuán dulce es el «yugo» de Cristo y cuán ligera es su carga, cuando se lleva
con amor fiel. La vida y la misión del padre Pío testimonian que las
dificultades y los dolores, si se aceptan por amor, se transforman en un
camino privilegiado de santidad, que se adentra en perspectivas de un bien
más grande, solamente conocido por el Señor.
2. «En cuanto a mí... ¡Dios me libre gloriarme si nos es en la cruz de
nuestro Señor Jesucristo» (Gálatas 6, 14).
¿No es quizá precisamente la «gloria de la Cruz» la que más resplandece en
el padre Pío? ¡Qué actual es la espiritualidad de la Cruz vivida por el
humilde capuchino de Pietrelcina! Nuestro tiempo necesita redescubrir su
valor para abrir el corazón a la esperanza. En toda su existencia, buscó
siempre una mayor conformidad con el Crucificado, teniendo una conciencia
muy clara de haber sido llamado a colaborar de manera peculiar con la obra
de la redención. Sin esta referencia constante a la Cruz, no se puede
comprender su santidad.
En el plan de Dios, la Cruz constituye el auténtico instrumento de salvación
para toda la humanidad y el camino explícitamente propuesto por el Señor a
cuantos quieren seguirle (Cf. Marcos 16, 24). Lo comprendió bien el santo
fraile de Gargano, quien, en la fiesta de la Asunción de 1914, escribía:
«Para alcanzar nuestro último fin hay que seguir al divino Jefe, quien
quiere llevar al alma elegida por un solo camino, el camino que él siguió,
el de la abnegación y la Cruz» («Epistolario» II, p. 155).
3. «Yo soy el Señor que actúa con misericordia» (Jeremías 9, 23).
El padre Pío ha sido generoso dispensador de la misericordia divina,
ofreciendo su disponibilidad a todos, a través de la acogida, la dirección
espiritual, y especialmente a través de la administración del sacramento de
la Penitencia. El ministerio del confesionario, que constituye uno de los
rasgos característicos de su apostolado, atraía innumerables muchedumbres de
fieles al Convento de San Giovanni Rotondo. Incluso cuando el singular
confesor trataba a los peregrinos con aparente dureza, éstos, una vez tomada
conciencia de la gravedad del pecado, y sinceramente arrepentidos, casi
siempre regresaban para recibir el abrazo pacificador del perdón
sacramental.
Que su ejemplo anime a los sacerdotes a cumplir con alegría y asiduidad este
ministerio, tan importante hoy, como he querido confirmar en la Carta a los
Sacerdotes con motivo del pasado Jueves Santo.
4. «Tú eres, Señor, mi único bien».
Es lo que hemos cantado en el Salmo Responsorial. Con estas palabras, el
nuevo santo nos invita a poner a Dios por encima de todo, a considerarlo
como nuestro sumo y único bien.
En efecto, la razón última de la eficacia apostólica del padre Pío, la raíz
profunda de tanta fecundidad espiritual, se encuentra en esa íntima y
constante unión con Dios que testimoniaban elocuentemente las largas horas
transcurridas en oración. Le gustaba repetir: «Soy un pobre fraile que
reza», convencido de que «la oración es la mejor arma que tenemos, una llave
que abre el Corazón de Dios». Esta característica fundamental de su
espiritualidad continua en los «Grupos de Oración» que él fundo, y que
ofrecen a la Iglesia y a la sociedad la formidable contribución de una
oración incesante y confiada. El padre Pío unía a la oración una intensa
actividad caritativa de la que es expresión extraordinaria la «Casa de
Alivio del Sufrimiento». Oración y caridad, esta es una síntesis sumamente
concreta de la enseñanza del padre Pío, que hoy vuelve a proponerse a todos.
5. «Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque... estas
cosas... las has revelado a los pequeños» (Mateo 11, 25).
Qué apropiadas parecen estas palabras de Jesús, cuando se te aplican a ti,
humilde y amado, padre Pío.
Enséñanos también a nosotros, te pedimos, la humildad del corazón para
formar parte de los pequeños del Evangelio, a quienes el Padre les ha
prometido revelar los misterios de su Reino.
Ayúdanos a rezar sin cansarnos nunca, seguros de que Dios conoce lo que
necesitamos, antes de que se lo pidamos.
Danos una mirada de fe capaz de capaz de reconocer con prontitud en los
pobres y en los que sufren el rostro mismo de Jesús.
Apóyanos en la hora del combate y de la prueba y, si caemos, haz que
experimentemos la alegría del sacramento del perdón.
Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y nuestra.
Acompáñanos en la peregrinación terrena hacia la patria bienaventurada,
donde esperamos llegar también nosotros para contemplar para siempre la
Gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Amén!
|