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TESTIMONIO DE CARLOS TOLEDO LLAMPALLAS
A UN AÑO DE SU
FALLECIMIENTO
SUS HIJOS CARMEN LUZ,
RITA MARIA Y JOSE CARLOS
(fragmento de una
carta dirigida al PBro. Luis Eduardo Suesco)
…EN UNIÓN A MI ESPOSA
RITA FUIMOS MIEMBROS DE LA DIFUSORA MARIANA QUE FORMAMOS 15 CATÓLICOS, EN
EL CAMINO DE ESTA DIFUSIÓN, CONOCIMOS INFORMES DEL REVERENDO PADRE PÍO DE
PIETRELCINA QUE VIVÍA EN EL CONVENTO DE LOS PADRES CAPUCHINOS EN SAN
GIOVANNI ROTONDO, FOGGIA ITALIA.
POCO A POCO FUIMOS
CONOCIENDO LOS HECHOS MARAVILLOSOS. DE LA VIDA DE ESTE GRAN SACERDOTE, QUE
DESDE UN PRINCIPIO NOS IMPACTÓ A MI ESPOSA Y A MI.
HAGO UN PARÉNTESIS
PARA EXPRESAR A USTED QUE TAMBIÉN CON MI ESPOSA PARTICIPAMOS DURANTE CUATRO
AÑOS CONSECUTIVOS EN EL MOVIMIENTO FAMILIAR CRISTIANO,
TODO ELLO NOS HIZO
REFLEXIONAR QUE AL HABER PASADO 10 AÑOS DE MATRIMONIO, REQUERÍAMOS ROGAR A
DIOS NOS DIERA LA GRACIA DE LA FECUNDIDAD, PUES LOS ESTUDIOS HECHOS CON
MUCHOS MÉDICOS EN MÉXICO Y EN ESTADOS UNIDOS, NO INDICABAN NINGÚN
IMPEDIMENTO, INTENTAMOS LA INSEMINACIÓN DE MI ESPERMA Y TAMPOCO DIO
RESULTADO.
TOTAL EN MAYO DE
1967, DECIDIMOS HACER UN VIAJE A EUROPA Y VISITAR ENTRE OTROS LUGARES SAN
GIOVANNI ROTONDO Y GARABANDAL ESPAÑA.
PRIMERO FUIMOS A SAN
GIOVANNI, EXPONIENDO AL DUEÑO DEL HOTEL QUE QUERÍAMOS ESTAR PERSONALMENTE
CON EL PADRE PÍO Y LA RESPUESTA FUE UN ROTUNDO ¡ESTÁ USTED LOCO! A ÉL SOLO
LO VEN SI ESPERAN UNA LARGA ESPERA DE DOS A TRES MESES O MAS, POR TANTO NOS
CONMINÓ A QUE AL DIA SIGUIENTE A LAS 4.30HS. DE LA MAÑANA OCURRIÉRAMOS A LA
MISA QUE EL PADRE CELEBRABA TODOS LOS DÍAS EN LA IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA.
LA MISA DURÓ UNA HORA Y MEDIA.
AL TERMINAR LA MISA
ME FUI AL CONVENTO A BUSCAR AL PADRE RENATO AL CUAL LE LLEVABA UNA NOTA DE
UN PADRE GUSTAVO MORELOS, DONDE LE SOLICITABA ME AYUDARA DURANTE MI VISITA
A SAN GIOVANNI ROTONDO.
DESPUÉS DE MUCHA
BÚSQUEDA Y ESPERAS, ESA MAÑANA, AL FIN DI CON EL PADRE RENATO , QUIEN EN
FORMA INCRÉDULA ME EXPRESÓ SU SORPRESA POR PEDIR SEMEJANTE COSA DE SER
RECIBIDO PERSONALMENTE POR EL PADRE PÍO, SIN EMBARGO, ME CITÓ A LAS 15HS.
EN LA PUERTA PRINCIPAL DEL CONVENTO DE LOS PADRES CAPUCHINOS, PARA
INFORMARME LO QUE SE PODRÍA HACER, PUES LE EXPRESÉ QUE SOLAMENTE TRAÍA TIEMPO
PARA ESTAR ESE DIA.
CON GRAN EMOCIÓN E
INCREDULIDAD, ESTUVE PUNTUAL Y PENSÉ QUE POR ESA PUERTA EL P. PÍO SALDRÍA,
PERO NO FUE ASÍ, SINO EN PUNTO A LA HORA INDICADA, ME ABRIÓ LA PUERTA DEL
CONVENTO UN PADRECITO CAPUCHINO Y ME HIZO LA SEÑA DE QUE LO SIGUIERA.
MI EMOCIÓN CRECÍA,
PUES PASO A PASO IBA ENTRANDO EN EL CONVENTO CAPUCHINO, VIENDO A LOS LADOS
DEL PASILLO LAS HABITACIONES ABIERTAS DE LOS FRAILES, HASTA QUE ENTRAMOS EN
UNA SALA (SALA DE SAN FRANCISCO DE ASÍS) EN LA CUAL HABÍA MUCHA LUZ,
MACETONES CON HELECHOS MUY HERMOSOS Y UNA IMAGEN PEQUEÑA DE LA VIRGEN DE
FÁTIMA.
A LOS TRES MINUTOS DE
ESTAR EN ESA SALA ENTRÓ EL PADRE HONORATO Y ME EXPRESÓ, ---AHORA VENGO CON
EL PADRE PÍO....Y ASÍ FUE,
YO CUANDO LO VI, NO
ME HINQUÉ, SINO ME DESPLOMÉ, PUES SU FIGURA PATERNAL NUNCA, NUNCA, NUNCA LA
OLVIDARÉ---TRAÍA CONMIGO UNA NOTA QUE YO HABÍA FORMULADO EN MAL ITALIANO ,
DONDE LE EXPRESABA MI DESEO DE QUE ME AYUDARA A TENER UN HIJO EN MI
FAMILIA, -Y EL BONDADOSAMENTE ME MIRÓ, FUE EN ESE MOMENTO, CUANDO SAQUÉ
DE MI MOCHILA UNA TALLA DE JESÚS CRUCIFICADO (QUE CONSERVO ) Y ORÓ EN ELLA
CON MUCHA DEVOCIÓN, ESTA TALLA LA RECIBIÓ EL P. PÍO CON SUS DOS MANOS
VENDADAS Y SE LA LLEVÓ A LA BOCA PARA BENDECIRLA,--
AL REGRESÁRMELA COMO
LA LENTITUD DE LA ENTREGA DE UN CUERPO SIN VIDA APARENTE, PARA MI SE
TRANSFORMÓ Y CASI NO SABÍA COMO SOSTENER AQUELLA FIGURA, QUE SIENDO LA
MISMA.- HABÍA TENIDO UN ALGO QUE HASTA LA FECHA ME PERDURARÁ., PERO RECIBÍ
ESA TALLA Y EL PADRE PÍO ME PUSO LA MANO EN LA CABEZA Y SOLO ME
EXPRESO............!.ORA¡......., DE AHÍ SE FUE Y LO VI POR ULTIMA VEZ EN
EL ROSARIO AL CUAL MI ESPOSA YA ME ESTABA ESPERANDO Y CON MUCHOS TRABAJOS
LOGRABA “APARTARME” UN LUGAR. PARA UNIRME CON LOS ASISTENTES AL ROSARIO QUE
EL P. PÍO DIRIGIÓ POR HORA Y MEDIA. CON UNA PAUSA EN CADA ORACIÓN QUE LE
LLENABA A UNO EL ALMA DE EMOCIÓN.
DESPUÉS FUIMOS A LA
OFICINA QUE EL PADRE PÍO TENIA PARA RECIBIR CORRESPONDENCIA Y HACER LAS
CITAS PARA LA CONFESIÓN Y EL REGISTRO “DE LOS HIJOS ESPIRITUALES “ QUE EL
PADRE PÍO APROBABA, AHÍ ENTREGAMOS MI ESPOSA Y YO UNA FOTOGRAFÍA Y AL
REGRESAR A MÉXICO NOS ENCONTRAMOS CON UNA CARTA DE ESA OFICINA EN LA CUAL
NOS REMITIERON LAS FOTOS NUESTRAS CON UN SELLO EN ITALIANO ACEPTADOS POR EL
PADRE PÍO COMO “HIJOS ESPIRITUALES”
EL 12 DE
AGOSTO DE 1968 NACIÓ –CARMEN LUZ- NUESTRA PRIMERA HIJA, DESPUÉS VENDRÍAN
RITA MARIA Y JOSÉ CARLOS. EN 1988 CARMEN FUE A LA TUMBA DEL PADRE PÍO Y LE
SUCEDIERON COSAS EXTRAORDINARIAS.
EN MAS DE
TREINTA TRES AÑOS HE TENIDO LA IDEA DE POR AMOR AL PADRE PÍO PROMOVER LA
CONSTITUCIÓN DE LOS” GRUPOS DE ORACIÓN “ CUYA FINALIDAD ES UN MEDIO
ORDENADO, DIRIGIDO Y NORMADO DE EVANGELIZACIÓN, QUE DEBE CUMPLIR
ESTRICTAMENTE LO ESTABLECIDO POR EL ÓRGANO ESPECIFICO ESTABLECIDO EN SAN
GIOVANNI ROTONDO CON AUTORIZACIÓN DE ROMA Y QUE ENTRE OTROS REQUISITOS
SEÑALA LA RESPONSABILIDAD DEL PÁRROCO, AVALADA POR EL OBISPO , ETC.
DESPUÉS DE ALGUNOS
ESFUERZOS, HE LOGRADO CONSTITUIR EN PUEBLA UN GRUPO, OTRO ESTA EN FORMACIÓN
EN AGUASCALIENTES Y CON PROMOCIÓN DE OTRA PERSONA HAY UN GRUPO EN LA COLONIA
“LAS ÁGUILAS” COMO EL DICHO DICE “LUZ EN LA CASA VECINA Y OSCURIDAD EN LA
PROPIA, DE AHÍ QUE DESEO PONER A SU MUY ESTIMABLE CONSIDERACIÓN LA
POSIBILIDAD DE QUE USTED ME AUTORICE A INICIAR LOS MOVIMIENTOS PARA
ESTABLECER EN NUESTRA PARROQUIA UN GRUPO DE ORACIÓN, EN EL CUAL SE TENGA LA
PRESENCIA DEL PADRE PÍO QUE YA ES BEATO (MAYO 2 DE 1999) Y SE FORTALEZCA
NUESTRA RELIGIÓN CON LA GUÍA DE USTED Y EL APOYO DE LOS FIELES DE SATÉLITE.
ESTA MISIVA ES
PRELIMINAR PARA QUE USTED ME CONOZCA Y VEA MI FORMACIÓN Y PUEDA LLEVAR A
CABO ESTA MISIÓN QUE ME HE IMPUESTO.
ATENTAMENTE
CARLOS TOLEDO
LLAMPALLAS
MEXICO, D.F. A
NOVIEMBRE 2 DE 2000

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"El Padre Pío me ha
visitado..." |
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Encuentro ocurrido el 23 de mayo del 2004 en el Hospital Clínico de la
UC |
| Testimonio de Susana Riquelme |
Mi nombre es María Susana Riquelme Castro, vivo en Santiago de Chile y tengo
38 años. Desde diciembre del 2002 estoy embarcada en un proyecto de
evangelización católica.
Cerca del 10 de mayo de este año empecé a sentirme enferma, muy resfriada.
No le di mayor importancia, pensando que era pasajero. Algunos días me
sentía mejor y otros francamente no podía levantarme de la cama. Tomaba todo
tipo de remedios, pero me costaba realizar las labores domésticas y sentarme
frente al computador para trabajar en "Fecunda". Por las tardes me acostaba
con el cuerpo adolorido, sufría escalofríos y tenía un continuo dolor de
cabeza, y además casi no tenía voz. Para el día 19 de mayo todo el interior
de mi boca estaba llena de fuegos, por la fiebre constante. No podía comer
ni tragar nada. Roberto, mi marido, intentó llamar un doctor a la casa, o
conseguir hora en algún centro médico pero era imposible, no había nada
disponible.
Al examinarme los doctores se dieron cuenta que no tenía nada de voz y que
con grandes esfuerzos contestaba a las preguntas de la ficha médica. Esa
noche me dejaron durmiendo casi sentada, siempre con oxígeno. Las enfermeras
venían a cada rato a darme alguna pastilla o a inyectarme algún antibiótico.
Al otro día, sábado 22, me diagnosticaron neumonía y me dijeron que el
germen que había atacado se llamaba “neumococo”. Me dejaron con suero, nada
de agua, y solo una papilla de almuerzo, dadas las lesiones que tenía dentro
de mi boca. Esa tarde, mientras estoy semi-sentada leyendo el librito del
Padre Pío, observo que la joven paciente que está frente a mi cama lee
atentamente un libro. Por la conversación que sostiene con las demás me
entero de que se trata del “Código Da Vinci”, un libro muy vendido cuyo
único propósito es alejar a las personas de Dios y de la Iglesia. Escucho
como la joven intenta convencer a las otras tres pacientes, que se declaran
católicas, que todo lo que dice el libro es verdad y me admiro de como todas
ellas le encuentran la razón. Obviamente, no puedo juzgarla, porque eso
sería querer ponerme en lugar de nuestro Padre Dios, pero siento que es
deber dar mi opinión, que no debo quedarme callada. Entonces me quito la
mascarilla y con mucho esfuerzo explico mis ideas y desde ese momento están
atentas, con mucho cariño, a la evolución de mi salud.
Cerca de las 19 hrs. tomo la estampita del Padre Pío y empiezo a rezar su
novena en mi corazón. Le digo al Padre que ofrezco a Dios mi enfermedad y
que la ofrezco por la Iglesia, por los ataques que viene sufriendo, porque
no es escuchada. Por el Papa Juan Pablo II, porque lo quieren bajar de la
cruz, a lo que él, como ejemplo para todos los católicos, no ha accedido.
Pienso en los misioneros, ministros de comunión, catequistas, diáconos,
laicos comprometidos, en todos los que conforman la Iglesia. También pido
por las vocaciones sacerdotales y religiosas, para que vayan floreciendo y
fortaleciendo. Pido por los sacerdotes que se han portado mal, para que
enmienden su camino y encomiendo a Dios las almas del sacerdote José
Aguirre, el tristemente llamado “cura Tato” y del Obispo Cox, pero asimismo
pienso en todos los sacerdotes y Obispos del mundo que han caído en graves
faltas a la moral, porque ellos más que críticas necesitan oración, y
penitencia. Pido por la conversión de muchas almas, todas las que alcancen
con mi poca enfermedad, entre ellas las de mis compañeras de habitación y,
por último, pido muy cariñosamente por el proyecto de evangelización que
tenemos con mi amigo Oscar.
A las 21 hrs. hago la misma novena e insisto en pedir lo mismo, pero esta
vez le digo al Padre: “Si es necesario que yo sufra un poco más, hazlo”.
A las 22.30 hrs. vuelvo a rezar la novena y como soy hija espiritual del
Padre Pío, me acuerdo que él decía, cuando estaba acá en la tierra, que
cuando alguno de sus hijos espirituales lo necesite, que se lo diga a su
propio ángel guardián para que este le de el recado al suyo, porque se lo
hará llegar. De inmediato en mi alma invoqué a mi ángel para que le dijera
que el ofrecimiento seguía en pie y que se acordara, que si era necesario
que yo sufriera, que lo hiciera. Que le dijera a Dios que yo estaba
dispuesta a sufrir por la Iglesia... Un instante después, mientras leo el
libro, presiento que el Padre ha recibido mi mensaje.
A las 23 hrs. ya estábamos listas para dormir. Yo dormía a ratos, pues la
mascarilla de oxígeno me incomodaba. Pasadas las 2.20 de la madrugada del
domingo 23 de mayo tuve deseos de orinar y como era la única de la
habitación que no podía levantarse apreté el botón para llamar a la
enfermera de turno, que me trajo lo que necesitaba. Me quedé en vela, no
podía dormir. Estaba, como dije antes, semi-sentada pero con la cabeza
mirando hacia el ventanal que tenía a la derecha. Sobre mi cama no había
nada, pero sobre la mesa estaba la ficha médica y el libro del Padre Pío.
En ese momento sentí unas ganas incontenibles de confesarme, pero con los
pecados más grandes de mi vida y dije: “si soy hija espiritual del Padre
Pío, bastará con que mientras le diga mis pecados en mi mente, pues sé que
desde el cielo me va a escuchar”. Repentinamente cambié de idea y pensé:
“No, el Padre Pío es un santo que tiene millones de seguidores en todo el
mundo, y él en vida dijo que sabía que trabajaba mucho, pero que una vez que
partiera de esta tierra trabajaría aún más”. Entonces me consideré poco
digna de molestarlo y le dije en mi alma: “Padre, vamos a hacer una cosa: yo
pondré mi mente y tú pondrás en ella a un sacerdote y yo me confesaré con él
como si fueras tú, porque esa es la idea, que yo me confiese bien con
cualquier sacerdote...” En eso en mi mente, quiero decir en mi imaginación
pura, aparece un confesionario de madera donde entra caminando un sacerdote
de jeans, camisa celeste, con el distintivo blanco que usan en su cuello. El
sacerdote es de unos 40 años, medio gordito, rubio, muy blanco, con las
mejillas bien rojas y de lentes que me dice a los ojos muy serio: “cuénteme”
y ahí me lanzo a contarle todo lo que tenía dentro. Cuando termino de
confesar mi último pecado, y el que consideraba más grave, escucho un
estruendo y veo que el sacerdote abre la ventanilla del confesionario y que
con su dedo índice apunta hacia mi izquierda...
(Lo que relato a continuación, como todo lo anterior, es verídico. Aclaro
que estaba totalmente despierta y no tenía fiebre, ni delirios, pues hacía
poco me habían controlado la temperatura y era normal y estaba tan lúcida
como estoy ahora).
Como contaba anteriormente, el sacerdote en mi imaginación apuntó hacia mi
izquierda, entonces vuelvo mi cabeza y veo aferrado a la cama, y junto a mi
brazo, al mismo Padre Pío de Pietrelcina, en carne y hueso, mirándome a los
ojos con una ternura incontenible y haciendo con su mano derecha el signo de
absolución. El Padre no era un espectro o fantasma, lo afirmo porque ante
mis ojos vi su cuerpo humano con volumen y proyectando sombra. Una aparición
jamás podría tener estas características... Como tenía la mascarilla de
oxígeno puesta y no tenía voz, le gimo desde mi alma “Padre Pío, Padre Pío,
yo te amo... yo no te quería molestar” y él asiente con su cabeza dos veces,
sonriéndome dulcemente como diciendo “si ya lo sé, si ya lo sé”. Quise
tocarlo, pero no lo hice por temor a que pudiera pensar que desconfiaba de
su presencia como lo hizo el apóstol Tomás que deseaba tocar las llagas de
Jesús cuando vio a nuestro Señor Resucitado. También quise abrazarlo, pero
me sentí totalmente indigna. Yo miraba al Padre y me sentía amada como nunca
nadie me amó en la vida. El Padre Pío vestía su hábito de fraile capuchino y
estaba con la capucha puesta, todo de color café. Su figura tenía la belleza
del cielo. Se veía grande y fuerte, de espalda imponente, y de unos 60 años.
Su presencia lo llenaba todo. Capté que también había otra persona a los
pies de la cama, pero no quise ver quien era, pues sólo quería seguir
mirándolo a él. Por encima de su cabeza vi que el reloj negro que está sobre
la puerta de la sala señalaba las 2.50 de la madrugada.
Luego, espontáneamente, en un gesto muy suave se inclina sobre mi frente y
me da el beso más tierno que alguien en el mundo pudiera recibir. Yo era
allí una niñita besada por su abuelito querendón. Embargada de emoción sentí
como sus labios se posaban de una manera extremada e infinitamente dulce
sobre mi frente durante varios segundos. Disfruté la textura de ellos y en
ese instante me sentí amada, amada, profundamente amada, tanto que se me
confundió el amor de él, el Padre Pío, con el Amor de nuestro Padre Dios. Mi
corazón estaba en blanco y sentí como el Padre susurraba en mi alma: “Vine
porque yo quise, porque yo te he amado desde toda la vida, hija mía”. Esta
frase quedó grabada con fuego en mi memoria...
Enseguida me saca la mascarilla y siento su perfume de flores, que yo ya
conocía, y pone su mano izquierda en mi pecho y su mano derecha en mi
espalda. Toda la palma de la mano toca la piel de mi espalda, pues la camisa
de dormir que me pusieron tiene muy sueltas las amarras detrás. Percibo que
su mano es grande, cálida y segura y no siento que tenga los estigmas por
los cuales fue tan conocido. El Padre Pío no era un muerto, pues las manos
de un difunto son heladas. Si sus manos estaban tibias, era porque dentro de
ellas corría sangre en sus venas. ¡El Padre Pío estaba allí vivo, porque
CRISTO RESUCITADO estaba en él!...¡ Que maravilla entender ese mensaje
subliminal y trascendente! Con sus manos me revelaba que CRISTO SI HABÍA
VENCIDO A LA MUERTE... ¡HABÍA TRIUNFADO! y me lo había venido a decir
personalmente, no con palabras, sino con detalles, porque todos mis sentidos
los tenía al alerta máximo... y como me conoce sabía que iba a comprenderlo
todo..., por eso me sonreía tan feliz siempre...
Después el Padre eleva con una liviandad inusitada mi cuerpo verticalmente
hacia el techo con la velocidad de un rayo pero con la cara mirando hacia el
cielo y me deja suspendida unos 3 o 4 segundos con los brazos abiertos en
posición de cruz. Luego al bajarme, con mucha suavidad y lentitud, logro ver
toda la habitación y a mis compañeras que siguen durmiendo. Finalmente al
descender a la cama mi rostro entero queda mirando hacia abajo. Mi cuerpo es
toda una esponja. Entonces su mano derecha se carga suavemente sobre mi
espalda y siento que el Padre Pío está inclinado sobre mí y escucho hasta su
respiración. Me dice muy cerca del oído con voz grave pero serena unas
palabras en italiano, para explicarme lo que está haciendo conmigo. De estas
palabras sólo puedo recordar que la primera era algo así como “acosto”. De
las siguientes no me acuerdo pero traduzco como “hacia el otro lado” y
percibo que todo mi tórax comienza a inflarse desde abajo hacia arriba con
un aire muy tibio pero agradable en cosa de segundos.
Mi corazón estaba como un papel en blanco que recibía palabras generosas.
Entonces en mi alma escucho una voz que dice: “Estoy muy complacido porque
no has pedido nada para ti y acepto todo tu ofrecimiento. Vas a sufrir un
poco, pero esto es momentáneo y nunca más lo vas a tener”. Luego, me anima a
confiar plenamente en El, y me revela detalles hermosos sobre el trabajo que
estamos haciendo con Oscar.
Luego el Padre Pío vuelve suavemente mi cuerpo hacia atrás y por instinto
vuelvo mi mirada hacia la izquierda y observo como su rostro sigue al mío,
con sus ojos puestos en mis ojos, mientras dice las mismas palabras en
italiano que antes he tratado describir y veo admirada como en la zona de mi
pecho, que va de hombro a hombro, empiezan a burbujear dentro de mi piel
unas pelotitas de aire caliente como de unos tres centímetros de diámetro.
Las toco con mis dedos una a una y observo como se deslizan de un lado para
otro. No me duelen y las siento muy agradables. Todo este movimiento de
burbujas dura como un minuto, mientras alabo a Dios reconociendo que sólo EL
puede hacer estas maravillas. Enseguida vuelvo mi cuerpo hacia el Padre Pío,
que sigue mirándome con ternura. El Padre Pío, que a veces era definido como
hosco, estaba frente a mí derritiéndose de una ternura irrefrenable.
Entonces observo como todo el fondo que está detrás del Padre Pío se tiñe
del mismo color café de su hábito y que aparecen infinitas estrellas. El
Padre queda sobre este fondo y tras de él una luz cálida enmarca su figura.
En ese instante escucho un coro de ángeles que cantan alabanzas a Dios, pero
no veo a ninguno. Era una música espléndida, celestial, sólo voces de
ángeles. Al terminar la música el Padre me dice sin mover los labios, pero
mirándome fijamente a los ojos: “Susana: Para ti se acabó el tiempo de los
hombres, ahora vienen los tiempos de Dios”. El Padre me dijo esto porque
veía en mi alma el deseo de irme con él. Sin duda no quería llevarme si yo
no tenía mi maleta bien preparada.
(He comprendido, posteriormente, gracias a un fraile capuchino, que estas
palabras son un mensaje tanto para mí como para todos los demás: La santidad
si es posible y el cielo nos espera, pero para entrar en él debemos dejar
atrás los placeres mundanos. Debemos abandonar el materialismo y el
consumismo, la búsqueda del prestigio, del éxito y la fama, el desorden
sexual. Sólo de esta manera tendremos la libertad para vivir en la sencillez
que Dios nos regala, para alcanzar la confianza plena en la divina
providencia).
Entendiendo que el Padre se marcha vuelvo mi cuerpo completamente de
espaldas y elevo desesperada mis manos hacia el cielo clamando y suplicando
repetidamente desde el interior de mi alma: “¡Padre Pío, Padre Pío, no te
vayas!”. Me siento en la cama y comienzo a toser fuertemente y veo que a los
pies de la cama hay una religiosa enfermera de unos 60 a 70 años, que lleva
un delantal blanco, que no es de esta época, que su camisa es blanca y el
cuello de dos puntas está abotonado hasta arriba. Su toca también es blanca
y en el borde que toca la frente alcanzo a contar tres líneas azules, las
vuelvo a contar y ahora parecen cuatro. Ella me queda mirando con calma unos
tres minutos como esperando a que me reestablezca y luego de mirarme bien a
los ojos desaparece. Otra vez miro el reloj y son las 3.10 de la madrugada.
El Padre Pío debe haber estado a mi lado unos quince minutos, pero a mí me
parecen menos... es indudable que el tiempo de Dios, es diferente al tiempo
de los hombres.
Después de este hecho quedé totalmente en vela, con el alma eufórica. ¿Quién
podría dormir después de semejante visita?. Me doy cuenta que la mascarilla
de oxígeno está sobre mi cama y me la coloco enseguida antes de que entre
una enfermera y lo note. Comienzo a pensar que fue extraño que nadie hubiese
entrado mientras estaba el Padre Pío cuando lo único que deseaba es que mis
compañeras de sala se hubieran despertado para que hubiesen visto por sí
mismas la maravilla que Dios había permitido. Entre esa hora y las seis de
la mañana, que es cuando llegan las enfermeras, el tiempo se me pasó
volando. En ese lapso alabé a Dios Padre por haberme dado la gracia de
recibir la visita del Padre Pío, por todas sus palabras, que sentí como
mensaje del creador. Lloré de emoción recordando una y otra vez el beso que
me dio, porque el beso no era necesario y él quería dármelo y no me sentía
digna de recibirlo. También pensé en que el Padre Pío me había hecho ocupar
casi todos los sentidos: la vista, porque lo vi el olfato, porque sentí su
perfume de flores; el oído, porque escuché sus palabras en italiano y el
coro de ángeles, y el tacto porque sus labios besaron mi frente y sus manos
tocaron mi cuerpo... Es raro, medité... sólo me faltó el sentido del
gusto... pero claro, concluí, acá el sentido del gusto no tiene mucho que
hacer...
A las seis de la mañana, cuando vienen a despertar a todas las pacientes mi
corazón está muy feliz, pues sé que si Dios Padre, por intermedio del Padre
Pío, ha aceptado mi ofrecimiento también irá concediendo de a poco lo que le
he pedido... pero también sé que no es bueno contar de inmediato lo
ocurrido. Vengo conociendo a las pacientes, a las enfermeras y a los
médicos... ¿Quién podría creerme de buenas a primeras? Cuando las auxiliares
se disponían a bañarme en la cama, me tapé de manera decidida la frente con
las manos. No podía permitir que borraran el lugar donde el Padre me había
besado.
A mediodía llega la Hermana Celite María, una religiosa de la Congregación
de Hermanas Ministras de los Enfermos de San Camilo a dar la comunión y le
pido muy contenta que me la dé. Rezamos, me leyó las lecturas de ese día
domingo. Mi alma está feliz, feliz... me siento otra, el Padre Pío me ha
confesado en la noche, y me ha manifestado su profunda ternura y ahora puedo
recibir a Jesús ¿qué más puedo pedir?. Cuando la Hermana toma la hostia para
llevarla a mi boca veo que a una distancia de unos 15 centímetros de mis
labios el Cuerpo de Cristo se ilumina y lo recibo como nunca lo he hecho. La
hostia venía tan delgadita y ahora dentro de mi boca era inmensa, gordita,
viva. Allí, mediante el Espíritu Santo, entiendo el mensaje profundo del
Padre Pío: Está bien, él me visitó y ha ocupado 4 de mis 5 sentidos: lo he
visto, lo he oído, he olido su perfume y he tenido contacto con sus labios y
con la piel de sus manos. Es cierto, esto es importante, pero ahora que
recibo la hostia en mi boca y he usado el último sentido que me faltaba, el
sentido del gusto, no debo olvidar nunca que lo esencial, que lo más
importante es el Cuerpo de Cristo RESUCITADO. Ahí está TODO, ahí está toda
la VERDAD, es la guinda que corona la torta, no el pastel, y me acuerdo con
emoción que cuando el Padre Pío celebraba la Eucaristía, no demoraba una
hora como regularmente se usa sino dos horas o más, pues cuando consagraba
el Cuerpo de Cristo, extasiado lo mantenía levantado entre sus manos por lo
menos una hora en completo silencio ante la ferviente mirada de los
feligreses que asistían a su misa... Esto me llena de ternura pues mi amado
Padre Pío no sólo ha escuchado mi confesión, se ha alegrado con mi
ofrecimiento y me ha manifestado su inmenso amor: él ha hecho una catequesis
conmigo que he comprendido perfectamente...
Al terminar el sacramento le cuento a la Hermana Celite con mi poca voz lo
que he vivido en la noche, y le hablo de mi ofrecimiento... Ella muy
emocionada bendice a Dios y me dice que he dado en el clavo pues me cuenta
que cuando el Padre Pío estaba en la tierra la Iglesia sufría las mismas
críticas de hoy y también existían sacerdotes que actuaban mal, todo lo cual
lo hizo sufrir mucho. Me asegura que el Padre Pío debe haber estado muy
contento con lo que ofrecí y pedí y me dice algo así: "Faltan religiosas con
la fe que usted tiene". Así nos despedimos contentas y cómplices de lo
sucedido.
En la tarde me visitan mi marido y mi papá. Estoy ansiosa por contarles,
pero mi voz es muy débil y pido un lápiz y un papelito donde les escribo:
“hoy, 10 para las 3 de la mañana vino el P. Pio”. Roberto y mi papá se
quedan perplejos, saben que no inventaría una cosa así porque me conocen, y
como puedo les digo que era el Padre en carne y hueso. Mi papá nota que me
emociono mucho y que eso me fatiga y acariciándome la cabeza me dice al oído
que sabe que es cierto pero que es mejor que le cuente los detalles otro día
y la conversación cambia de giro, pues no desean agitarme más. Después del
horario de visita mi respiración se debilita y la fiebre comienza a subir.
Las enfermeras se inquietan, no pueden darme ni agua ni comida, sólo un
palito envuelto en gasa húmeda en los labios. Me suministran paracetamol y
me inyectan muchos antibióticos, pero estoy tranquila y feliz, no tengo de
que preocuparme pues el Padre Pío ya me había augurado que esto sería
momentáneo y que nunca más lo iba a tener.
El resto de la tarde permanezco semi-sentada, así puedo respirar un poco
mejor. Mientras, en forma alternada, leo tranquilamente mi libro del Padre
Pío y rezo a Jesús cuando lo contemplo en el crucifijo que está colgado en
la pared de la puerta. Me doy cuenta que mis compañeras me observan con
mucho respeto. Ya de noche una enfermera me comenta que para lo mal que
estoy está sorprendida de verme tan serena y con tan buen ánimo. En la
madrugada me cambian dos veces el camisón y las sábanas pues la fiebre me
hace mojar todo. Por supuesto que cuido de no contar nada de lo sucedido,
pues pensarían que estoy delirando.
Al otro día, el lunes 23, como a las 9.30 de la mañana sufro una crisis
respiratoria. El doctor J. C. F., que está examinando a una compañera, corre
a asistirme y llama al doctor G. E. que es el encargado de la habitación y
le dice que me ve mal, que respiro poco y que tengo taquicardia. Los
antibióticos que me dan de manera repetitiva no parecen hacerme efecto. El
doctor G. E. ordena que traigan inmediatamente una máquina de radiografía
portátil pues ya no estoy en condiciones de moverme. Me toman una
radiografía de tórax cerca de las 10 de la mañana. El doctor G. E. trae al
doctor M. A. que es el Jefe de la Unidad de Tratamiento Intensivo, y juntos
ven la radiografía reciente. Diagnóstico: “Neumonia grave e insuficiencia
respiratoria aguda”. Me dicen que tengo un pulmón colapsado y en mi interior
pienso que están equivocados pues cuando el Padre Pío apoyó su mano en mi
espalda la sensación de aire tibio abarcó todo mi tórax, ambos pulmones y
las burbujas de aire caliente que me toqué iban de hombro a hombro.
El doctor M. A. me examina y me encuentra muy mal. Comenta al grupo de
médicos que ha llegado junto a mi cama que esta neumonía es rarísima y que
es la más grande y completa que se pueda tener y acercándose a mí me dice
con suavidad algo así: “Mira, te vamos a trasladar a la UTI, estás
respirando al mínimo, así es que tendremos que darte respiración mecánica
mediante un tubo que pondremos en tu boca, pero no vas a sufrir nada, porque
te vamos a sedar. Confía en nosotros, estaremos siempre a tu lado, allí
estarás conectada a un monitor que automáticamente te suministrará todo lo
que necesites. Tendrás la mejor atención, no tengas miedo”. Enseguida dieron
aviso a mi marido de la decisión tomada.
Yo estaba tranquila, si el Padre Pío ya me había dicho que iba a sufrir un
poco, que esto sería momentáneo y que nunca más lo iba a tener ¿para que
tenía que preocuparme? Dios está por encima de todo. En el fondo no me
sentía tan mal como los médicos decían que estaba. Las enfermeras estaban
preocupadas porque no se desocupaba ninguna cama en la UTI y junto a mis
compañeras de sala estaban atentas a todos mis movimientos. Me habían subido
el nivel de oxígeno mientras esperaba el cupo en la UTI, que sólo se hizo
posible a eso de las cuatro de la tarde donde me llevaron más que volando.
Un rato antes guardaron todas las cosas que yo no necesitaría en la UTI para
dejar sólo los útiles de aseo. Rogué que me dejaran llevar el libro del
Padre Pío, a lo que accedieron creo que por lástima.
Al llegar a la UTI, me conectaron rápidamente al monitor y me inyectaron
todo lo necesario y me tomaron nuevos exámenes de sangre. Ahora estaba bajo
el cuidado del doctor G. R. Otro médico descubrió que el germen que me había
atacado no era “neumococo”, como se pensaba al principio, sino que era otro
germen de la colonia llamado “micoplasma”. Lo sucedido es que todo el
comportamiento de mi cuadro correspondía a “neumococo” y era la primera vez
que veían que “micoplasma” se comportaba así, lo que para ellos era toda una
revelación. Con esto piensan que podrán darme el tratamiento médico
adecuado.
El doctor M. A. observó nuevamente la radiografía donde salía el pulmón
afectado. Hice señas al doctor G. R. y le dije: “Son los dos pulmones”.
Seriamente sorprendido me pregunta:“¿Cómo lo sabe?”. Cómo no podía
explicarle lo del Padre Pío no hallé nada mejor que responderle: “intuición
femenina”... lo que ahora me causa un poco de risa por lo disparatado que
debe haberle parecido. Ni todos los médicos auscultándome podían saberlo,
eso sólo aparece en las radiografías.
En la tarde vino Roberto, lo vi realmente angustiado. Llorando me pedía que
no lo dejara. Con lo poco que tenía de voz traté de calmarlo pues el Padre
Pío me había dicho que esto sería breve, pero mi marido pensaba que el Padre
Pío había venido para llevarme con él. No pude convencerlo, finalmente salió
muy triste de la corta visita.
El día martes 25 el doctor G. E. viene a visitarme, se notaba inquieto. Los
medicamentos no parecen resultar tan efectivos. Cerca de las dos de la tarde
el doctor M. A. ordena tomar una nueva radiografía de tórax. Con la placa en
mano comenta a otro grupo de médicos que esta neumonía es tan grande y grave
que es como para traer a toda la Facultad de Medicina a conocer una neumonía
de verdad, que es rarísimo encontrar un caso así y explica a todos y a mí,
que tengo clavados los ojos en él, que generalmente esta enfermedad trae uno
o dos cuadros asociados pero que yo los tengo todos y en el grado máximo y
me dice muy serio con la mano en su barbilla: “¡Como viniste a tomarte una
neumonía así! esto está recién empezando. Vas a estar por lo menos cuatro
semanas acá en la UTI” y adiviné por su mirada y sus gestos que estaba muy
preocupado, tal vez temiendo un desenlace fatal.
Pero insisto en que estaba totalmente tranquila... me sentía dulcemente
acompañada por la promesa del Padre Pío, además estaba el libro que no
soltaba nunca y en cuya portada aparece su rostro tal como lo vi en la
madrugada del domingo. Debo admitir que ese día fue cuando me sentí más mal.
Esa noche me pusieron un termonebulizador, que es una mascarilla de oxígeno
y otras cosas que funciona a toda presión. Como dato anecdótico debo contar
que ese día se cumplía un aniversario más de la fecha en que nació el Padre
Pío: 25 de mayo de 1887. Ahora pienso que él deseaba como regalo de
cumpleaños que ofreciera mi enfermedad a nuestro Padre Dios.
A las 9 de la mañana del miércoles 26 ordenaron una nueva radiografía de
tórax. El doctor M.A. la vio en la pantalla de radiografías que estaba cerca
de mi cama junto a un equipo médico, entre los que se hallaba el doctor G.
R. La radiografía evidenciaba que, efectivamente, estaban colapsados ambos
pulmones por lo que el doctor G. R. me miró asombrado porque yo ya se lo
había dicho, que no era uno, sino los dos pulmones afectados. Observo que se
sienta en un rincón de la sala y que me mira por un momento muy extrañado. A
mediodía ya estaba respondiendo mejor al tratamiento médico. Con la ayuda de
un kinesiólogo ya pude sentarme en un sillón para hacer ejercicios un poco
más complicados, pero siempre con mascarilla de oxígeno y con mucha ayuda,
pues mis piernas aún estaban débiles y los movimientos de mi cuerpo seguían
torpes.
En la tarde Roberto me cuenta que han llamado varias personas preocupadas
por mí, que han venido hasta la UTI, que no las han dejado entrar y que toda
la Comunidad del Aire del ¡Duc in Altum! está enterada de mi enfermedad, y
que todos están orando al Padre Pío por mí. Que Leonardo Caro, el otro
conductor de ¡Duc in Altum! lo ha llamado varias veces y que tiene a toda su
Comunidad del Camino Neocatecumenal orando y que ha pedido misas por mi
recuperación. Además me tienen incluida en el Rezo del Rosario de Radio
María.
Desde el día que llegué a la UTI observé una gran rotación de kinesiólogos
que vinieron a visitarme. Deben haber sido unos diez. De los que me
atendieron hubo una, Oriana Molina, con la cual parecía que los ejercicios
para mis pulmones resultaban mejor y no quedaba tan fatigada después de
hacerlos. Siempre estuve consciente y tranquila, tratando de ser lo más
colaboradora posible. Siempre hablaba con los kinesiólogos, con las
auxiliares y dormía bastante poco, lo que extrañaba mucho a los médicos y a
las enfermeras, pues al parecer esperaban que estuviera inconsciente. Me
daba cuenta que les parecía raro un comportamiento tan sereno y confiado.
Debo admitir que amé esta enfermedad. Por si fuera poco la madrugada del
jueves 27 me vino un ataque de risa con mascarilla, suero, pinchazos y todo,
pues a mi derecha había llegado una abuelita de 92 años, que hacía correr
mucho a los médicos y a las enfermeras pidiendo que le trajeran los papeles,
que se les iban a perder. Todos corrían tomando cualquier papel,
corcheteándolo delante de sus ojos para dejarla tranquila, lo que me causaba
mucha gracia. Los médicos se tomaban la cabeza mirándome y se decían: “¡Y se
está riendo todavía”! Parece que se esperaba que como estaba oxigenando
poco, yo debía estar medio muerta o algo así.
La mañana de ese jueves 27 vino a examinarme el experto bronco-pulmonar de la
UTI, el doctor F. S., que se sorprende de mi mejoría y me dice que en unas
horas más volverá a visitarme y que si me encuentra un poco mejor me enviará
a la Unidad de Cuidados Intermedios, pues todavía no estoy en condiciones de
irme al quinto piso, desde donde llegué, pues aún necesito cuidados
especiales.
El doctor G. R. se siente muy orgulloso de ser él quien en la UTI está a
cargo de mi caso y la evolución de mi tratamiento. Como le tomé cariño por
su humildad y su afectuosa dedicación decido contarle algo de lo sucedido.
Le digo, a modo de secreto y en forma breve, indicándole el libro: “Es el
Padre Pío, le ofrecí mi enfermedad y él junto a ustedes ha colaborado en
esta recuperación”. Me mira muy sorprendido por lo que escucha y pienso que
me cree por lo insólito de la rapidez con que evoluciono. A mediodía vuelve
a visitarme el doctor F. S. que me examina y dice: “¡Pero es que no puede
ser! ¡Tú estás para que te envíe al quinto piso! Ya no es necesario que
vayas a cuidados intermedios”. Todos están contentos y asombrados. De
inmediato hacen las gestiones para devolverme al quinto piso. Esta vez llego
a la cama 5043, cuya sala queda cerca de la cual donde fui visitada por el
Padre Pío. A esta alturas recibo con mucho agrado y plenitud todos los
designios de Dios... El Padre Pío ha cumplido, la enfermedad fue momentánea
y sufrí muy poco.
Esa tarde recibo la visita de la kinesióloga Oriana Molina y le cuento lo
sucedido con el Padre Pío. Ella sonríe y me dice que también es devota de él
y compruebo que en su presencia desde la UTI, todos los ejercicios me
resultan más fáciles y menos extenuantes que con los demás kinesiólogos.
Cuando camino por los pasillos aferrada a ella, que lleva mi tubo de
oxígeno, mis débiles piernas pueden pisar mejor. Me emociono mucho por el
gran regalo que me ha hecho el Padre: esta kinesióloga de la cual me he
hecho muy amiga y de la cual aprendo mucho con su propio y admirable
testimonio de fe. Es una bendición haberla conocido. Su afecto y
preocupación para conmigo me asombra. Ella concurrió a la UTI a verme porque
un colega le dijo: “Hay una chica en la UTI que está gravísima, está muy mal
y pensamos que ya no la vamos a poder sacar adelante. Te suplico que me
ayudes”. Oriana solicitó mi ficha médica y conmovida fue a ayudarme...
La mañana del viernes 28 de mayo desde muy temprano me sorprende la visita
de médicos y enfermeras que me examinan y observan admirados. Recibí la
alegre visita del doctor G. R. que muy ansioso me dice “¿Le puedo pedir
algo? Si alguien le pregunta quien estuvo a cargo de usted en la UTI, por
favor dígale que fui yo”. Después entra el doctor G. E. con varios médicos,
entre ellos un doctor, a mi parecer profesor suyo en la Escuela de Medicina
en la UC, y le dice señalándome como trofeo mientras estoy sentada
recibiendo el nebulizador: “Ella ha tenido una recuperación asombrosa, que
yo no me la explico”. Enseguida le explica mi diagnóstico y le cuenta como
admirablemente he permanecido en la UTI sólo tres días, hecho totalmente
insólito dada la gravedad de mi condición. Así, esa mañana, escucho sólo
comentarios de este tipo.
A mediodía pido ayuda a una enfermera para llegar al baño de la sala porque
deseo ducharme. Le ruego que me deje sola, que conectada al tubo de oxígeno
y sentada en un piso bajo la ducha podré hacerlo sin problema. La enfermera
asiente sólo bajo la promesa que tocaré el timbre de emergencia si me pasa
algo. Dentro del baño y siempre conectada al tubo me siento y abro la llave
de la ducha. Es cuando comienzo a llorar como una Magdalena, pues recién
dimensiono la gravedad de la enfermedad que yo sentía sólo como un resfriado
muy fuerte y doy gracias infinitas a Dios por todo lo que me regala y me
quita a diario y al Padre Pío por haberme hecho promesas tan dulces sin
haberlas pedido. Comprendí que Dios había aceptado mi enfermedad por la
Iglesia, las vocaciones sacerdotales y religiosas, por el arrepentimiento de
los sacerdotes que se han portado mal, por las conversiones de muchas
personas y por el trabajo de evangelización al que estamos abocados con
Oscar Silva. Doy gracias porque ante mi completa confianza, el Padre Pío
amorosamente me había vaticinado que sufriría un poco, que sería momentáneo
y que nunca más volvería a tener esta enfermedad y por si fuera poco me
revelaría detalles de mi trabajo con Oscar. Yo, punto indigno, había llegado
al corazón de nuestro Padre Dios. Entonces recuerdo con mucha emoción que el
Padre Pío decía que lo apenaba que todos le pidieran que les quitara la cruz
de encima: una enfermedad, una cesantía, un problema, etc. y que nadie le
pidiese que le enseñara a llevar esa cruz y comprendo que si él me miraba
tan radiante de felicidad, era no sólo porque no le había pedido que me
quitara la cruz, sino que le había pedido que me la hiciera aún más pesada,
a causa de toda la Iglesia, lo mismo que él había pedido a Cristo...
En la tarde me fue a visitar el doctor F. S. que me dice textualmente:
“Llama la atención la intensidad de tu neumonía... Si te digo que estuviste
grave ¿tú sabes a lo que yo llamo grave?”. Me examina y sorprendido me dice
que estoy mejor. Le digo, siempre con mascarilla: “Es que yo tengo un
secretito” y me dice: “a ver, cuéntame” y le relato en forma breve lo
sucedido. A lo que me responde: “Te creo absolutamente todo”. Entonces le
hablo que el Padre Pío decía que la ciencia y la fe son hermanas, que si él
me vino a enfermar, él también iba a disponer a los médicos y la tecnología
necesaria para sanarme, a lo que el doctor me contesta: “Eso es algo que
nunca te voy a discutir, porque sé que es así”. Antes de irse me pide que
una vez fuera del hospital me controle sólo con él.
Desde la visita del Padre Pío, recibí muchos regalitos de él que me
alegraban el alma, pero que no quiero detallar, por lo extenso que ya
resulta este testimonio. También me enviaron regalitos el Padre Hurtado y
Mario Hiriart, a los que también fui encomendada. Nunca me faltó el
sacerdote, la religiosa o ministra de comunión que diariamente me
proporcionaba oraciones, la lectura del Evangelio y el Cuerpo de Cristo.
Todos ellos supieron de este milagro y todos se emocionaron hasta las
lágrimas. Al primer sacerdote que conté este hecho estaba tan conmovido con
mi pedido que me dijo algo así: “Nosotros, la mayoría de los sacerdotes, nos
esforzamos tanto por todas las personas, las asistimos, rezamos por ellas
pero nadie ora por nosotros, sólo nos critican. ¡Le agradezco tanto que haya
pedido al Padre Pío por nosotros! El es el modelo de sacerdote al que
aspiramos y ahora tengo la certeza que gracias a lo que usted ofreció y a la
visita del Padre Pío que él está intercediendo por nosotros, los
sacerdotes”.
En la mañana del sábado 29 se aprecia el avance de mi recuperación. Puedo
alimentarme mejor y han ido subiendo la cantidad de agua para beber. Dado el
colapso que sufrieron mis pulmones es peligroso que me descongestione
fuertemente. A mediodía caminamos con Oriana por los pasillos, esta vez sin
oxígeno, lo que era toda una osadía, ya que mi saturación, o grado de
oxigenación de mi cuerpo, marcaba 90, el límite. El doctor G. E. me vio
caminar apoyada en Oriana, sin oxígeno, y casi se le salieron los ojos.
Preocupado y asombrado exclamó “¿Y sin oxígeno?” y no me quitó la vista de
encima mientras estuve en el pasillo. A la vuelta no estaba oxigenando tanto
más del límite, pero sin embargo no me había cansado, lo que ya era harto.
El médico, en una visita posterior ese día me dice, de seguir así, me dará
de alta el lunes.
A mediodía llega a la habitación una nueva paciente. Me entero que es
religiosa y que se llama María Felicia Lucero Orellana. Le dicen “Hermana
Lucero”. Trabaja en la Parroquia San Pedro de Las Condes, donde
coincidentemente Oscar es catequista. Ella tiene cáncer y ha sido
intervenida más de 30 veces. Me parece un alma heroica de Dios y me pregunto
¿Cómo puede resistir tanto? Me decido a hablar con ella y le digo que
conozco a Oscar Silva, lo que la pone muy contenta y desde allí nuestra
conversación fluye en forma muy natural. Para animarla le comento la visita
del Padre Pío, que ella cuenta a su familia, sus tres hermanas, cuando
vienen a visitarla. Al despedirse ellas se acercan a saludarme y a pedirme
que ruegue al Padre Pío por la recuperación de su hermana. Me enternece como
sin conocerme no dudan nunca de mi relato. Se palpa que tienen una fe
inmensa en Dios y por eso las recuerdo con mucho respeto.
Por la tarde Oriana me lleva a conocer el lugar donde falleció el Padre
Alberto Hurtado. La habitación ya no existe, pues el sector fue remodelado
hace años y nadie tuvo la visión de que este gran sacerdote chileno sería
llevado a los altares. Para consuelo, o desagravio, pusieron en la pared del
lugar un gran retrato del Padre. Oré con mucho cariño ante él, pues me ha
acompañado en varias situaciones y en esta también.
El domingo 30 ya puedo caminar mejor y me ejercito en la habitación. Ese día
recibí la visita de mi marido, mi mamá y mis dos hijitos. Mi madre estaba
emocionadísima con el relato.
El lunes 31, mando a decir a Roberto que me traiga la máquina fotográfica,
pues en algún minuto deseo retratar la cama donde fui visitada por el Padre
y me gustaría tomar el espacio exacto donde él estuvo de pie a mi lado. Me
imagino que talvez tendré que pedir a alguien que lo haga por mí, aunque en
realidad preferiría hacerlo yo misma pues ¿quién retrataría con más cariño
aquel espacio santo? A mediodía, luego de otra caminata, el doctor G. E.
ordena otro test de saturación. Marca 89, así es que no me da el alta.
Pienso que es razonable esperar un poco, además estoy convencida que Dios lo
quiere así porque algo me depara... no tengo dudas, soy un barquito de papel
en el océano que sólo debe confiar en nuestro Padre... Si hago un recuento
de mi vida, veo que Dios ha hecho mi historia maravillosamente, así es que
confío plenamente. Pienso que a lo mejor el Padre Pío me ha otorgado un día
más en el hospital para tomar la fotografía que tanto deseo... Mi amado
Padre Pío parece escuchar hasta mis caprichos...
Esa tarde salgo a caminar con otro kinesiólogo y lo hago sin oxígeno. De
regreso a mi sala observo que las enfermeras están sacando mis cosas y mi
cama. Me explican que una paciente de la sala ha dado positivo el test de
influenza, por lo que deben trasladar al resto y aislar la habitación. Veo
sorprendida que me llevan a la misma sala donde me visitó el Padre Pío días
atrás y me ubican frente y en diagonal a la cama 5022. Con culpable alegría
sospecho que podré tomar la fotografía en la misma posición que había
deseado. Eso sí, debo hacerlo de manera respetuosa para no tomar la imagen
con la paciente sobre la cama. Esa noche, la joven de la cama 5022 va al
baño y allí aprovecho de tomar un par de fotografías de la cama que parece
estar igual que cuando recibí la visita del Padre Pío, a quien agradezco de
corazón el permitirme este capricho.
Fui dada de alta el martes 1 de junio. Ya en mi casa, relato a Oscar y a
Pía, su señora, todo lo ocurrido. Oscar me explica que el Padre Pío me
visitó para enfermarme de gravedad, para llevarme a la cruz de Cristo cuando
impuso sus manos en mi cuerpo y pienso que puede ser cierto lo que dice.
El viernes 4 de junio fui a controlarme con el doctor F. S. Se extrañó de
verme tan pronto y con tan buen semblante, Después de examinarme me dice que
me encuentra tan bien que ya no necesitaré de un control semanal. Ahora
espera verme dentro de tres semanas, con unos nuevos exámenes y una última
radiografía. Me comenta, entre otras cosas, que le sorprende mi enfermedad,
pues según comenta: “nadie llega a la UTI por una neumonía. Nosotros, los
médicos bronco-pulmonares, tratamos las neumonías en forma ambulatoria”. Me
dice que además le parece extraño que una mujer sana, joven y sin
antecedentes respiratorios se haya enfermado así, y es extraño también que
me haya recuperado tan rápidamente.
Ahora sé que mis radiografías son muy valiosas, pues son la garantía de que
durante mi estadía en el Hospital Clínico de la Universidad Católica, un
hecho maravilloso ha ocurrido. Días después del alta, con toda la angustia
vivida, mi marido se enfermó y tuvimos que llamar a la casa a un médico
bronco-pulmonar. Vino el doctor Ramón Viñals. Le contamos de mi neumonía
grave y que en tres días había salido de la UTI a la sala general. Escéptico
me pidió las radiografías para verlas a contraluz en el ventanal del living,
y consternado me dijo: “¿Y usted pasó por todo esto y ahora está aquí viva
al lado mío? ¡Pero esto se ve clarísimo en las radiografías! ¡Es demasiado
grande!... nunca había visto algo así, por favor cuénteme...” Eso hice, le
conté a grandes rasgos que soy devota del Padre Pío, que le ofrecí mi
enfermedad, que vino a visitarme, que me agravé y que me recuperé
rápidamente. Muy emocionado me dijo: “Usted debe seguir siendo devota del
Padre Pío, usted si es escuchada por él. Por favor pídale por todas las
cosas malas que están pasando en el mundo, se necesita mucho” y salió de la
casa muy pensativo y descolocado..
Posteriormente me he enterado que en mi ficha médica, que aún está en el
Hospital Clínico, aparecen varios signos de interrogación que pueden deberse
a que ciertos detalles no tienen explicación. Pero yo si la tengo. Mi teoría
a estas alturas, muy personal, es la siguiente: El Padre Pío debe haberle
dicho a Dios la noche de ese sábado 22 de mayo que ha recibido, como
siempre, muchos pedidos pero que hay alguien acá abajo que ha ofrecido su
enfermedad por la Iglesia, por los sacerdotes, las religiosas y por las
conversiones. Dios debe haberle preguntado que tan grave era la enfermedad y
el Padre Pío posiblemente le haya contestado: “no es mucho, pero si la
agravamos un poco nos puede servir. Si la visito y si yo mismo se lo digo
ella estará feliz de colaborar...”
El 9 de julio, el doctor F. S. me ha examinado y ha visto el informe y la
última radiografía tomada hace dos días. La enfermedad ha desaparecido por
completo y mis pulmones están absolutamente sanos, sin indicio alguno de la
neumonía. Como había llevado todas las radiografías le pedí que me explicara
aquella donde evidenciaba la gravedad de la enfermedad. El doctor la puso en
la pantalla de luz, junto a la más reciente y me dijo muy asombrado: “¡Nadie
podría creer que pertenecen a la misma persona!”. Después de explicarme en
forma muy simple las diferencias entre ellas me las pidió prestadas para
copiarlas, pues desea mostrarlas a sus alumnos en la Universidad.<
Ese día me encontré con el sacerdote que asistía a los pacientes en la
Unidad de Tratamiento Intensivo del Hospital. Le pregunté por un joven que
había ingresado veinte días antes que yo, con el que nos habíamos saludado
sólo una vez con gestos desde nuestras camas, pues la mayor parte del tiempo
lo había visto inconsciente y conectado al respirador mecánico. Me contó que
había fallecido cuando ya me habían dado de alta. Sus órganos vitales se
fueron deteriorando, producto del colapso que sufrió en un pulmón y que no
logró superar. Esto me consternó mucho pues yo había sobrevivido pese a
tener ambos pulmones colapsados. Lo curioso fue que nunca me conectaron al
respirador artificial. Es posible que pensaran que yo no podría recuperarme.
Sin embargo, el sacerdote recordaba que yo había salido rápidamente de la
UTI y me preguntó que había pasado conmigo. Cuando le conté lo sucedido
estaba tan contento que me pidió que le entregara por escrito mi testimonio.
Hace unas noches, leyendo una biografía del Padre, he encontrado la
explicación de todo esto: siendo muy joven al Padre Pío le sobrevino un
resfriado tan fuerte que afectó primero su pulmón izquierdo y luego terminó
dañando en forma seria ambos pulmones, exactamente lo que me ocurrió, y
pienso que ha sido él mismo quién me trajo su propia enfermedad para
compartirla conmigo, para que juntos pudiéramos ofrecerla a Dios. He hallado
la descripción que hizo en su diario acerca de su enfermedad y leí con
sorpresa como lo descrito es idéntico a lo que yo padecí, con los mismos
síntomas y dolores que sufrí desde el comienzo hasta el final, sólo que en
mi caso duró algunas semanas y me recuperé completamente. En esos años,
cerca de 1910, no existía la tecnología adecuada para diagnosticar la
enfermedad que sufriría el Padre toda la vida, pero en mi interior sé que
fue una neumonía grave como la mía. Yo lo sé y el Padre Pío también. Pero si
me trajo su propia enfermedad también me percato lo distraído o bromista que
es: poco más de un mes después de salir del Hospital, me llegó la cuenta de
los gastos ocasionados en mi estadía y con mucha risa comprendo que la
cuenta ¡era del Padre Pío y que él se había ido sin pagar!... Parece que
este es el sufrimiento que entonces se me había prometido, pero confío
alegre y plenamente en que Dios proveerá...
Con esta maravillosa visita del Padre Pío, que yo llamo el ANTI MILAGRO,
compruebo que Dios se complace más cuando ofrecemos que cuando pedimos y que
en verdad nos regala todo lo que necesitamos, aunque a veces no lo
percibamos así y que el Padre Pío, en un signo de humildad extrema, ha
querido hacer de mí un instrumento de su inagotable labor.
En estos tiempos, en que la Iglesia, representada por el Papa Juan Pablo II,
no es escuchada con atención y cuando los sacerdotes están siendo muy
cuestionados, especialmente por las graves faltas que han cometido algunos
de ellos, he comprendido que el Padre Pío ha venido a mi encuentro para
traerles un trascendente y bellísimo mensaje. El, fiel a Jesús y a la
Iglesia, siempre ha sufrido por los sacerdotes. Cuando estaba acá en la
tierra oraba y suplicaba a Dios para que no los castigara, ofreciéndose
víctima por todos ellos y por toda la humanidad y Dios, conociendo la
sinceridad de sus ruegos, con el corazón afligido permitió que el demonio lo
azotase.
Hoy que el Padre Pío está a las puertas del cielo esperando entrar hasta que
lo haga el último de sus hijos espirituales, tal como nos ha prometido con
tanta dulzura, tengo la certeza absoluta de que desde allí, se ha fijado en
mi pequeñez y ha colocado en mi alma el anhelo y la osadía de ofrecer el
sufrimiento de la enfermedad que padecí, su propia enfermedad, imponiendo
sus manos en mi cuerpo para injertarlo en la cruz de Cristo y para agravarme
hasta tal punto de casi perder esta vida terrenal, no sin antes manifestarme
su profunda ternura depositando para siempre en mí el gran Amor de Dios y la
plena confianza en sus designios.
El Padre Pío necesita llegar al corazón de todos los sacerdotes para que no
dejen de anunciar la Vida Eterna, porque Cristo sí resucitó y está vivo,
para que no duden en perseverar en su vocación, para que no decaigan ni
equivoquen el camino, para que no se sientan solos, abandonados y
desprotegidos, porque él, desde la entrada del cielo, sigue velando e
intercediendo por cada uno de ellos, y quiere decirles que la pureza en el
celibato si es posible, porque él la amó y la vivió y siendo hombre como
todos pudo vencer las tentaciones. Si es posible vivir en obediencia,
pobreza y castidad.
La gran obra de este humilde fraile, pero gran sacerdote, fue crear los
Grupos de Oración, a los que invitó a participar a todos sus hijos
espirituales, encargándoles encarecidamente la misión de orar con
insistencia por la Iglesia y por quienes la conforman, en particular por
nuestros sacerdotes, intenciones que sin saberlo, porque me he enterado sólo
hace unos días, son las mismas por las que pedí cuando recé su novena en el
hospital. Sin duda fue el propio Padre Pío quien me inspiró a hacerlo, y
quien me inspira ahora a pedir que lo acompañemos suplicando a Dios Padre
por las mismas intenciones.
Este inesperado hecho lo he relatado a algunos sacerdotes, religiosas,
diáconos, catequistas y ministros de comunión, y todos se han emocionado
hasta las lágrimas. Llenos de alegría han dado alabanzas a Dios y me han
dicho que lo sucedido más que un milagro ha sido un mensaje trascendental.
Días atrás, una de las doctoras que me examinó en el Hospital, ha escrito
para contarme que leyó el relato y que ha llorado mucho porque ella sabe lo
grave que estuve, que vio las radiografías y el informe interno y que da
testimonio de mi milagrosa recuperación. Me sorprendió que me pidiera rezar
al Padre Pío para que interceda por su papá que está muy enfermo. He visto
como ella que trabaja para la Medicina, una disciplina que en general es tan
reticente de los favores de Dios, acepta humildemente que sólo EL es
TODOPODEROSO... Me ha dicho que gracias a lo que me sucedió ha recobrado la
fe en su Iglesia, mi Iglesia.
Un fraile capuchino me ha dicho que es bueno divulgar lo sucedido entre
quienes no traten de pisotear nuestra fe, pues con todo lo que se ha
criticado a la Iglesia, se necesita conocer estos testimonios. Me ha dicho
que él ve en esto la naturalidad con que lo trascendente se manifiesta en lo
cotidiano y que esta gracia es un regalo que Dios me ha hecho para que lo
viva y disfrute como prueba del inmenso Amor que nos tiene...
NOTA: Los nombres de los médicos se han reemplazado por sus iniciales, pues
aún no se les ha pedido su autorización para aparecer en este testimonio.
Susana Riquelme
sriquelme@fecunda.cl
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